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Amanece, chasquido de látigos, gritos de bárbaros.

Desde retaguardia gritan: ¡AVANZAD!
Desde vanguardia gritan: ¡ATRÁS!

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Cada día transcurre lentamente. No hay tiempo para aburrirse, la agenda marca en cada momento del día lo que hay que hacer. Una cosa después de la otra. Ése era el día a día durante este pasado curso.

Desde el día en que decidí emprender ese rumbo y llevar ese tipo de vida con una agenda tan apretada, sabía que sería difícil llevarlo. Sin embargo después de meditarlo durante mucho tiempo, estaba totalmente convencido de seguir adelante. Y ya se sabe que palos con gusto no duelen así que lejos de quejarme, le fuí cogiendo el gustillo a esto. Puede parecer una locura pero tiene su explicación.

Hay gente que es adicta al riesgo, disfrutando de la sensación continua de liberación de adrenalina. Hay otra gente que es adicta al estrés, ante lo cual hay una postura científica oficial. Los expertos afirman que el estrés altera determinadas sustancias de nuestro cerebro produciendo una adicción semejante a la que se produce con el consumo de la cocaína. Llevado al extremo, el estrés crónico induce a cambios químicos que sensibilizan en exceso el cerebro, causando síntomas similares a la adicción a las drogas.

No creo identificarme como un adicto al estrés, pero resulta inquietante que esa conducta sea comparada a la de un drogodependiente. No obstante, gran parte de culpa del gustillo que se le coje a esta situación lo tiene la satisfacción del trabajo bien hecho, algo que va creciendo según veo que las cosas van saliendo adelante, según compruebo que sí que se puede llevar todo a la vez.

Este curso sin embargo todo ha cambiado. Al igual que Guardiola dejó atrás ya la liga de los (casi) 100 puntos, yo finiquité el curso de los (más) de 100 créditos. Ahora ya tengo un horario más parecido al común de los mortales, con sus huecos entre clases y su tiempo para aburrirse. Pero ahora sí que me lo he ganado.

R · E · L · A · X

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